El Viejo Almacen -Bs.As.

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

15 ago. 2016

El verdadero riesgo



Por Eduardo Crespo * y Juan Matías De Lucchi **


Algunos analistas sostienen que la eliminación de las restricciones cambiarias estaría provocando una renovada fuga de capitales. Entendemos que esta conclusión es equivocada, aunque ciertamente varias medidas del Gobierno comprometen la sustentabilidad macroeconómica en el mediano plazo. Con la devaluación y la supresión del cepo la cotización del dólar se estabilizó rápidamente. La tendencia alcista de enero y febrero fue más el resultado de errores operativos de política que de tensiones estructurales en el mercado de cambios. Las autoridades del Banco Central, obsesionadas por imponer un programa monetarista consistente en fijar metas de agregados monetarios, abandonaron el control de las tasas de interés (las tasas de corte de las Lebac seguían las tendencias bajistas del mercado secundario), lo que recalentó la demanda especulativa de dólares. Pero desde marzo, cuando el Central retomó el control de la tasa de interés con vistas a formalizar un sistema de metas de inflación, el tipo de cambio no solo se estabilizó sino que incluso registró una tendencia a la baja solo interrumpida por el Brexit.

Varios indicadores confirman esta tendencia. Pese a la reticencia del Banco Central a intervenir en el mercado cambiario, las reservas internacionales mostraron cierta recuperación. En el mercado a término el sistema bancario acrecentó su posición vendida. Simultáneamente el resultado de la cuenta capital ahora es positivo, tanto por entrada de capitales especulativos como por el creciente endeudamiento en dólares del sector público. Aunque la economía argentina es hoy mucho más cara que el año anterior, la cotización del dólar tiende a reducirse. Esta evidencia refuta a quienes explicaban la tendencia devaluatoria observada hasta diciembre de 2015 como una consecuencia de la inflación, apelando al argumento de que el tipo de cambio real estaba “sobrevaluado” o en “desequilibrio”.

Quienes visualizan fuga de capitales apuntan que la llamada formación de activos externos del sector privado no financiero casi alcanzó los 6 mil millones de dólares en el primer semestre. Si hay fuga, ¿cómo se explica entonces la decreciente cotización del dólar? La aparente contradicción debe atribuirse al carácter bimonetario de la economía argentina. En una economía de este tipo, los dólares adquiridos por el sector privado pueden permanecer en el sistema a través de la creación de depósitos en moneda extranjera, la suscripción de activos financieros dolarizados y varios otros mecanismos. En efecto, los depósitos en dólares del sector privado aumentaron en 3255 millones de dólares entre diciembre de 2015 y julio de 2016. Aunque representen una dolarización de carteras, y pongan en evidencia la fragilidad estructural de nuestro sistema monetario, estos comportamientos deben distinguirse de la tradicional fuga de capitales al exterior o al “colchón”. ¿Es lo mismo hacer un depósito en dólares en el Banco Nación que fugarlos a Panamá o cualquier otro paraíso financiero?

La principal amenaza a la sostenibilidad macroeconómica es la dolarización de contratos, particularmente el endeudamiento externo, en una coyuntura en la que los dólares sobran, práctica que se extiende a todo el sector público –provincias incluidas– y también al sector privado. Sin dudas el gobierno debe financiar el déficit fiscal. La opción de recortar más aún el gasto público debería descartarse, ya que profundiza la recesión, reduce la recaudación y acentúa el déficit. Frente al rechazo ideológico a la monetización directa, el gobierno cuenta con una única opción: el endeudamiento. Lo insólito es que decide hacerlo colocando deuda en dólares cuando la tasa de interés nominal por la deuda doméstica es inferior a la inflación. Y peor aún es que el endeudamiento apunta a financiar ¡gastos en pesos! Las deudas contraídas no están pagando infraestructuras basadas en bienes de capital producidos en el exterior. Las provincias emiten deuda para pagar gastos corrientes y luego venden los dólares prestados en el mercado cambiario, o al propio Banco Central quien a regañadientes debe emitir pesos para adquirirlos. Pese a la abrumadora experiencia argentina y mundial, las autoridades parecen desconocer los peligros inherentes al endeudamiento nominado en monedas extranjeras.

* Profesor de Unsam.
** Profesor de la UFRJ y de la Universidad N. de Moreno.

Original: Pagina 12

10 ago. 2016

Abba Lerner: La economía del volante


Abba Lerner1

Traducción: Fabián Amico.

Nuestro sistema económico es frecuentemente humillado al ser expuesto ante la visita de un visitante imaginario de un planeta extraño. Es el momento de invertir el procedimiento. En su lugar, imagínese a sí mismo en una aventura interplanetaria tipo Buck Rogers2, mirando una carretera de una ciudad del futuro. La carretera es amplia y recta, y sus bordes están aumentados de tal manera que es casi imposible que un coche se salga del camino. Lo que parece ser un coche fuera de control está acelerando a lo largo de la carretera y virando hacia un lado. En la medida en que se aproxima al flanco ascendente de la carretera, sus ruedas delanteras giran de modo que regresa a la carretera y se va en ángulo, aunque para el otro lado, donde las ruedas giran de nuevo. Esto ocurre muchas veces; el coche va en zigzag, pero se mantiene en la carretera, hasta que se pierde de vista. Usted se está preguntando cuánto tiempo tomará para que el auto choque, cuando aparece otro auto que se comporta de la misma manera. Cuando se acerca hacia usted, se detiene con una sacudida. Se abre una puerta y un ocupante pregunta si le gustaría subir. Usted mira dentro del auto y antes de que pueda controlarse a sí mismo grita: "No tiene volante!". "Por supuesto que no tenemos volante!" dice uno de los ocupantes un poco de mal humor. "Basta con pensar cómo sería de tensionante ir en el asiento delantero. Es peor que la anticuada y peligrosa palanca de cambio de velocidades. Suponga que tuviéramos un volante y alguien se aferra a él cuando alcanzamos un borde! Eso evitaría el giro mecanizado automático de la rueda, y el coche seguramente volcaría!. Y además, nosotros creemos en la democracia y no podemos a dar a nadie la autoridad extrema sobre la vida y la muerte de todos los ocupantes del automóvil. Eso sería una dictadura. Abajo la dictadura", dicen a coro los otros ocupantes del auto.

"Si usted está preocupado acerca de la forma en que el coche va de lado a lado", continúa el primer orador, "olvídese de él ! Tenemos frenos maravillosos que evitan los choques nueve de cada diez veces. En nuestros caminos, la ruta es tan efectiva que uno puede viajar cientos de millas sin salirse de la pista una sola vez. Tenemos un sistema muy eficiente para llevar a los sobrevivientes de accidentes a hospitales cercanos y para
barrer rápidamente los restos de la carretera para depositarlos en campos cercanos como recordatorio para el hombre de la inevitabilidad de la muerte".

Usted mira alrededor las pilas de los restos de accidentados y automóviles incendiados mientras el hombre continúa: "Impresionante, ¿no? Pero las cosas van a mejorar. Ve esos hombres fotografiando las huellas del auto que nos precedió? Ellos van a tomar esas fotos para ser analizadas en sus laboratorios y también tomarán fotos de nuestras rutas para analizar las características cíclicas de las curvas, su grado de regularidad, la distancia media de un giro a otro, la amplitud de las oscilaciones, y así sucesivamente.
Cuando hayan llegado a un acuerdo sobre su verdadera naturaleza podremos saber si se puede hacer algo al respecto. En la actualidad ellos están discutiendo si este movimiento cíclico se debe al tipo de superficie de la carretera o a su forma, o si es debido a la longitud del auto o al tipo de caucho de los neumáticos o al clima. Algunos de ellos piensan que será imposible evitar los ciclos a menos que regresemos al carro y al
caballo, pero no podemos hacer eso porque creemos en el Progreso. OK, quiere un paseo? ".

El dilema entre salvar su pellejo y seguirle la corriente a los lunáticos se resuelve despertando de la pesadilla, y usted se siente contento de que los habitantes de su propio planeta sean un poco más razonables. Pero ¿son tan razonable sobre otras cosas como lo son sobre la conveniencia de que los automóviles tengan volante? ¿Es que no se comportan exactamente igual que los hombres de la pesadilla cuando se trata de
conducir su sistema económico? ¿Acaso no están permitiendo que su automóvil económico rebote desde la depresión hasta la inflación en amplios y descontrolados giros? A través de sus fallos para alejarse del desempleo y evitar las fábricas inactivas no son tan culpables de los perjuicios y de la inseguridad públicas como los locos conductores de Marte?

1 Fragmento de Abba Lerner, Economics of Employment, New York: McGraw-Hill, 1951, p.3-4.

 2 Buck Rogers fue un personaje de ciencia ficción creado en 1928 por Philip Francis Nowlan que inspiró novelas, historietas, series de TV y varias películas en el cine.

8 ago. 2016

Competitivos y productivos



Por Mariano De Miguel * y Daniel Schteingart **

Hay un sentido común que asocia la competitividad de la economía a los bajos costos laborales en términos relativos. Bajo este prisma, los salarios comparativamente bajos serían la llave que abre la puerta de la competitividad a los países subdesarrollados. Cuando se habla de competitividad industrial, este sentido común es más común todavía. Es falso. La competitividad industrial de un país depende de un conjunto amplio de variables, como los distintos componentes del costo (entre ellos, el salario, pero también la logística, la energía y otros insumos clave), o los impuestos y la productividad.

La productividad –grosso modo, el valor agregado por ocupado– es clave para entender por qué países como Alemania o Estados Unidos pueden ser competitivos con salarios manufactureros en torno a los 40 dólares la hora, los cuales son más del doble que los argentinos (actualmente en torno a los 17 dólares) y hasta veinte veces mayores que los del Sudeste Asiático (en Filipinas, por caso, son de 2 dólares).

Competitividad por baratura versus productividad es un dilema meramente teórico para la Argentina. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista empírico, el laboratorio de la historia y nuestro presente muestran que el camino de la competitividad por salarios baratos es impracticable y utópico además de inconducente desde el punto de vista económico, político y social. Los recurrentes fracasos en este sentido, a partir de la búsqueda de salidas fáciles a través de devaluaciones bruscas, contractivas y regresivas, deberían alertarnos sobre la necesidad de operar sobre los demás determinantes de la competitividad. Favorecer a la industria a partir de diversos instrumentos (como energía barata, subsidios, exenciones impositivas, etcétera) puede ser una alternativa válida, pero siempre y cuando genere aumentos de productividad.

¿Cómo se generan entonces aumentos de productividad, que permitan que la industria sea competitiva aun con salarios altos? Esencialmente, con dos elementos, dado un acuerdo distributivo: demanda y competencia regulada. Una demanda creciente, bajo determinadas condiciones de competencia, incentiva a las empresas a ampliar su capacidad instalada, con un uso creciente de tecnologías sofisticadas, que permiten hacer economías de escala y por ende bajar los costos unitarios para, con ello, incrementar la productividad.
Una demanda que induzca a la productividad puede ser tanto externa (exportaciones) como interna (gasto público, consumo privado e inversión), que fungen como palancas complementarias y no excluyentes, al margen de la preminencia de la demanda interna.



¿Qué las motoriza? En el caso de la demanda interna, fundamentalmente el aumento de los ingresos reales de la población, el crédito y la planificación estratégica del gasto público. La demanda externa, por su lado, depende esencialmente de modo directo del crecimiento de los socios comerciales, e indirectamente, de la economía mundial en su conjunto. Es por eso que la baja de los costos domésticos, en términos relativos a los internacionales, por medio de devaluaciones reales, por ejemplo, resulta ser más débil de lo que comúnmente se cree como palanca de la demanda externa (sumado al hecho de que acarrea consecuencias distributivas regresivas).

Argentina 2016 es un buen ejemplo. El país depreció su tipo de cambio real, pero las exportaciones industriales vienen cayendo 16 por ciento en lo que va del año, según INDEC, debido a que nuestro principal demandante (Brasil) está en crisis y el comercio mundial estancado con sesgo recesivo. Por el contrario, durante la industrialización por sustitución de importaciones, la competitividad industrial argentina se incrementó significativamente, en un contexto donde los salarios eran relativamente elevados para los estándares internacionales. Prueba de ello fue que, partiendo de una base muy baja, entre 1964 y 1974, las exportaciones industriales crecieron cuatro veces más rápido que las importaciones industriales, en un contexto de fuerte crecimiento económico y de la productividad industrial, la cual además se dio sin expulsión de empleo (a diferencia de lo ocurrido en los ‘90).

¿Qué ocurrió entonces en aquel momento? No faltó prácticamente ninguna de las palancas que mencionamos. El mercado interno -con un salario fuerte - se convirtió en una de las grandes fuentes de aumentos de la productividad. Se implementaron políticas industriales y tecnológicas de fomento al sector, incluyendo subsidios para la exportación, compras públicas o financiamiento blando, entre otras. Si bien el contexto internacional es hoy muy distinto, la experiencia argentina de aquellos años -a pesar de sus contratiempos y sus defectos- merece ser releída, en tanto muestra que competitividad, productividad y salarios altos pueden ir de la mano.

* Director del Instituto Estadístico de los Trabajadores; Presidente de SidBaires
** Mg. en Sociología Económica (Idaes-Unsam), profesor en UNQ, miembro de SidBaires


Original: Pagina 12

7 ago. 2016

Sergio Cesaratto: The modern revival of the Classical surplus approach: implications for the analysis of growth and crises








Resumen -El artículo revisa los principales elementos de la teoría clásica moderna en vista del análisis de las sociedades contemporáneas y, en particular: la recuperación del "enfoque del excedente" clásico y marxista como una base sólida para el análisis del conflicto social; la teoría impulsada por la demanda del nivel y el crecimiento de la producción basada en el rechazo de la ley de Say y la recuperación de la noción de "mercados externos" presentada por Rosa Luxemburgo y Kalecki, como el marco para la investigación de crecimiento y las crisis en diferentes fases históricas del capitalismo; el desmantelamiento del núcleo analítico de Marginalismo y de sus prescripciones de política de laissez-faire; y, finalmente, el rechazo del individualismo metodológico y del subjetivismo en el análisis económico y la preservación de los métodos de análisis de los economistas Clásicos y Marx. En este sentido, el documento subraya algunas diferencias con otras escuelas heterodoxas, pero también la convergencia con la teoría de dinero endógeno y con vistas sistémicos del cambio técnico.

Abstract - The paper reviews the main elements of Modern Classical Theory in view of the analysis of contemporary societies and in particular: the recovery of the Classical and Marxist “surplus approach” as a solid foundation for the analysis of social conflict; a demand-led theory of the level and growth of output based on the rejection of Say’s Law and the recovery of the notion of “external markets” put forward by Rosa Luxembourg and Kalecki, as the framework for the investigation of growth and crises in different historical phases of capitalism; the dismantling of the analytical core of Marginalism and of its laissez-faire policy prescriptions; and finally, the rejection of methodological individualism and of subjectivism in economic analysis and the preservation of the analytical methods of the Classical economists and Marx. In this regard, the paper underlines some differences with other heterodox schools, but also convergence with endogenous money theory and with systemic views of technical change.



Keywords: Classical economists, Sraffa, Kalecki, Keynes, Surplus approach, heterodox economics
Jel Codes: B12, B24, B51, E11

Original: ACA

24 jul. 2016

Apuntes Clásicos y Keynesianos




Posteamos dos presentaciones que los profesores Pablo Bortz y  Ariel Dovskin utilizaron respectivamente  para dar su tema en la escuela de invierno de UNSAN: "Tópicos Avanzados de Economía Heterodoxa".

Pablo Bortz: ¿Qué quiso decir Keynes realmente?  Ver ACA 
audio ACA





Ariel Dvoskin :  “Teoría de la distribución y controversias del capital”Ver ACA


13 jul. 2016

Desmadre y Costos

 Por Claudio Scaletta




Cruzar números siempre resulta tedioso para el lector, pero si se quiere comprender el desmadre tarifario generado por la Alianza PRO es necesario detenerse en unos pocos indicadores. El principal es el costo de producción del gas. Un trabajo reciente del investigador de la Fundación Bariloche Nicolás Di Sbroiavacca, mostró sobre la base de los balances presentados a la SEC estadounidense por YPF, que el costo de producción promedio del millón de BTU de gas es de 1,9 dólares. El precio internacional que habitualmente se toma como referencia, el Henry Hub, cotizaba la semana pasada a 2,8 dólares, pero se trata del resultado de un fuerte repunte iniciado a fines de mayo, cuando tocó un piso de 1,8 dólares, casualmente el mismo valor que tenía dos meses antes, a fines de marzo, cuando el ministro de Energía, Juan José Aranguren, decidió el tarifazo a los consumidores del fluido y, en el mismo acto administrativo, llevó de poco más de 2 dólares a casi 5 dólares el precio que recibían las gasíferas. El argumento de este aumento, incentivar las inversiones para lograr el autoabastecimiento, no es real, pues ya existía un valor de 7,5 dólares el millón de BTU para el “gas nuevo”, es decir, para el que se demostraba provenía de nuevas inversiones.

Dejando de lado los números finos, se trató de la duplicación del precio recibido por las empresas, una transferencia a las petroleras por alrededor de 3000 millones de dólares. Pero hay que ser cuidadosos con la cifra, porque las distintas consultoras y especialistas muestran una dispersión bastante amplia del número, desde quienes hablan de mayores ingresos por 2800 millones hasta quienes afirman que son 3500 millones. La dispersión, sin embargo, no cambia las conclusiones: Por el gas entregado al sistema de transporte (boca de pozo) las gasíferas pasarán de facturar menos de 4000 a casi 7000 millones de dólares anuales. Luego, si se toma como referencia el costo de producción de YPF, reciben casi 5 dólares por la unidad que les cuesta 1,9 producir, todo sin meterse en los vericuetos de las variaciones del precio internacional de referencia, ya que el fluido no es estrictamente una commodity.

La síntesis de estos números no demanda grandes abstracciones: el tarifazo del gas empezó con una transferencia a las gasíferas por alrededor de 3000 millones de dólares anuales. Un pase de manos gigantesco que el macrismo ni siquiera consideró necesario justificar más allá de algún balbuceo sobre las inversiones y que, a pesar de la reacción social provocada por las nuevas tarifas, continúa manteniéndose fuera de la discusión.

Esta transferencia no puede ser tratada como un derecho adquirido e inalienable de las petroleras. Por el contrario, debe ser el primer paso a sincerar y retroceder para la normalización tarifaria y un punto que seguramente ocupará un lugar central en las futuras audiencias públicas. Como destacaron desde el Instituto de Energía Scalabrini Ortiz (IESO), el “precio del gas al ingreso del sistema de transporte” o PIST representa entre el 65 y el 80 por ciento del valor de la factura que reciben los distintos segmentos de usuarios. El resto corresponde al transporte y distribución.

Sobre estos antecedentes, resulta por lo menos llamativo que en el nuevo planeta CEO que administra el Estado haciendo alarde de planillas de Excel, nadie hable de los costos de la producción que las nuevas tarifas vendrían a subsanar. Una respuesta posible es que desarmar la facturación lleva directamente a las transferencias a las petroleras.

A su vez, la negación del dato central provoca que en el discurso público ya no se sepa si los objetivos son presupuestarios, ecológicos, de austeridad franciscana o todo junto. De “la mentira de la herencia K” que engañó a la población diciéndole que era posible consumir energía sin mayores preocupaciones, se salta directamente a sujetos individualistas y derrochadores que, en plena Patagonia, andan “en remera y con las ventanas abiertas”, según el ministro Rogelio Frigerio. O peor, también en remera pero “en patas” en las grandes urbes de clima templado, según la versión del hijo de Franco Macri. La incursión en la vida privada por parte de los restauradores del neoliberalismo no deja de ser un dato de color, aunque no tan desopilante como la intervención del jefe de Gabinete Marcos Peña sobre “las inundaciones y todo eso” originadas por el daño ecológico planetario de tener la estufa encendida.

Queda el detalle de la calidad de la política económica. El que se vendió como “el mejor equipo de los últimos 50 años” reconoce públicamente que avanza con la improvisada técnica del ensayo y error. El propio ministro de Energía afirmó no haber medido los impactos sociales de sus decisiones, sinceridad que supera cualquier anécdota. La presunta candidez sería tolerable si no entrañase sufrimiento social concreto, desde recortes del ingreso disponible de los trabajadores, cierre de empresas y desempleo hasta simplemente pasar frío. Lo menos que se le puede exigir a un hacedor de políticas públicas es conocer las relaciones causa-efecto de sus medidas y haber estudiado in extenso el tema sobre el que decide. Que un integrante del Poder Ejecutivo sostenga alegremente que está aprendiendo sobre la marcha es una afrenta a los votantes y una responsabilidad presidencial.

Lo avanzado hasta el presente, con reacción social y judicial incluida, más los anuncios de anteayer con topes del 400 y 500 por ciento adicionales sobre boletas anteriores, representa un verdadero pastiche. Si lo que se buscaba con el ajuste tarifario era eliminar subsidios, algo que podría ser comprensible y necesario en muchos casos, no se entiende por qué se duplicaron alegremente los costos del gas pagados a las petroleras y, en consecuencia, continúan los subsidios a pesar de los mayores costos para los consumidores. Tampoco se entiende la necesidad de garantizar una ganancia del 150 por ciento sobre los costos de producción. Y si de lo que se trataba era de “sincerar” los valores de la energía alineándolos con los internacionales, ignorando costos internos, tampoco se entiende por qué, como reseña el citado informe de la Fundación Bariloche, en la Argentina las empresas gasíferas pasaron a cobrar 2,5 veces más de lo que reciben en países como Canadá, donde cobran 2 dólares el millón de BTU. Luego, si el objetivo contra viento y marea era multiplicar pagos a las empresas y eliminar completamente subsidios, no se entiende por qué no se aprovecharon los bajos precios internacionales para producir una transición más gradual en vez de contribuir al shock económico. Finalmente, si de los que se trataba era de aumentar la producción para reducir importaciones, lo menos que podría haberse exigido desde el poder del Estado, a cambio de la graciosa transferencia de 3000 millones de dólares por año, eran compromisos de inversión firmados por las empresas beneficiarias.

Original: Pagina 12

30 jun. 2016

¿Qué es la Alianza del Pacífico?




 Por Margarita Olivera

Desde diciembre del año pasado, la agenda de política exterior ha dado un giro de 180 grados. El discurso del nuevo gobierno se ha centrado en la urgencia de volver a insertar a la Argentina en el mundo. El problema es cómo quieren hacerlo y a qué costo. Por el momento, todo indica que el camino sería la firma de tratados de libre comercio con diferentes bloques económicos, mientras que cualquier otra estrategia de profundización del maltrecho MERCOSUR -o de consolidación de la UNASUR- parece haber quedado en el olvido. De hecho, las relaciones internacionales argentinas en los últimos meses han tenido como objetivo el acercamiento hacia la Alianza del Pacífico (AP) que, cual nuevo bloque estrella de la región, es visto como el puente de conexión para la integración al Acuerdo Transpacífico, liderado por los Estados Unidos. La Argentina ya solicitó ser incluida como veedora de la AP y en ese contexto Mauricio Macri viajó a Puerto Varas para participar, como hecho inédito, de su cumbre de presidentes. Es interesante analizar, entonces, cuáles son las características de este bloque regional, cuál es la filosofía detrás de su construcción y cuáles serían los posibles beneficios que la Argentina podría obtener.

En abril de 2011 Chile, Colombia, Perú y México anunciaron la creación de un nuevo bloque económico latinoamericano, la AP, que entre sus objetivos destaca aquel de conformar “un proceso de integración abierto e incluyente, constituido por países con visiones afines de desarrollo y promotores del libre comercio como impulsor de crecimiento”. Esta renovada, aunque vieja idea liberal encuentra su base teórica en la concepción según la cual las economías deberían especializarse en aquellas producciones en las cuales tengan ventajas competitivas (en nuestros casos serían las manufacturas basadas en recursos naturales y los productos primarios) y obtener el resto de los productos a partir del libre intercambio comercial internacional. Así, según esta teoría dominante, todos los países alcanzaríamos mayores niveles de riqueza y desarrollo. Como en muchos casos, la realidad supera a la teoría y, más allá del corto periodo de bonanza reciente que experimentaron las exportaciones de commodities, la especialización primaria se muestra nuevamente incapaz de cerrar las brechas tecnológicas y de crecimiento de los países en vías de desarrollo con respecto a los países avanzados. ¿Por qué, entonces, tanta retórica librecambista? Tal vez los motivos deberían buscarse más bien en los aspectos geopolíticos que en los beneficios económicos.
El discurso del nuevo gobierno se ha centrado en la urgencia de volver a insertar a la Argentina en el mundo. El problema es cómo quieren hacerlo y a qué costo
El nuevo bloque no se distingue por sus niveles de integración y complementariedad productiva. De hecho, al momento de la creación de la AP, los cuatro países evidenciaban niveles de intercambio comercial exiguos y sus principales productos ya gozaban de bajos aranceles aduaneros. En 2012, el flujo de exportaciones intra-bloque representó el 3,9 por ciento del total de exportaciones del conjunto de países, mientras que del total de productos importados por los países de la región sólo el 4,3 por ciento fue producido por alguno de ellos. Hacia 2014, dichos guarismos se redujeron. Según los datos de comercio internacional de Naciones Unidas, las exportaciones intra-bloque pasaron a representar 3,4 por ciento del total, mientras que para las importaciones dicho porcentaje fue de 3,7.

En ese sentido, la creación de la AP parece tener como objetivo más bien la necesidad de demostrar un posicionamiento político, que contrastara con las ideas de integración y de estrategia de política económica más de tipo progresista que predominaban en la UNASUR en ese entonces, que la consolidación de la integración comercial y la autonomía económica del bloque. Esto explica también la reticencia por parte del anterior gobierno argentino a firmar este tipo de acuerdos. Por otra parte, el principal socio comercial del bloque (considerando exportaciones e importaciones) es Estados Unidos. Las ventas a dicho destino en 2014 llegaron al 62,2 por ciento de total y las compras al 43,9 por ciento. Hay que destacar que si bien Estados Unidos desempeña un rol central en el intercambio comercial para los cuatro países de la AP, su importancia es significativamente mayor para la economía mexicana, dada la profundización de la relación a partir de la creación del NAFTA y, sobre todo, a partir de la emergencia de la producción llamada “maquila”, que se encarga del ensamblado de productos y partes de los Estados Unidos.

Es importante destacar que luego del fin de las negociaciones entre Estados Unidos y los países Latinoamericanos para crear el ALCA en 2005, los diferentes gobiernos de los Estados Unidos han tenido una política activa para promover la proliferación de acuerdos de libre comercio, bilaterales o multilaterales, con diferentes países de la región como parte de su estrategia geopolítica. Entre 2005 y 2006 Perú y Colombia firmaron Acuerdos de Promoción Comercial (tratados de libre comercio) con Estados Unidos. En ellos, el principal elemento atractivo era la promesa de flujos de inversión extranjera norteamericana.

La AP se ha creado con este espíritu y la participación de Argentina parecería encaminarse en ese sentido. El actual gobierno está desesperado por resolver la falta de dólares necesarios para evitar la crisis de balanza de pagos (para ello hasta ahora accionó el acuerdo con los fondos buitres, bajo condiciones draconianas de pago, devaluó la moneda local y se volcó a los mercados internacionales en busca de crédito a cualquier costo). El acercamiento a la AP y, a través del mismo, a Estados Unidos, sería parte de la estrategia para incentivar el ingreso de flujos de inversión extranjera que, hasta el momento, no se ha verificado ni siquiera mínimamente. El problema esencial es que la inversión extranjera, si llegare, difícilmente sea inversión productiva, ya que el contexto de recesión, caída de la demanda interna y externa y las altas tasas de interés de mercado hacen que aquella se canalice hacia la especulación financiera. En el mejor de los casos, podría servir para tapar algún bache temporal de falta de dólares, pero no sería una solución permanente, dado que no ayudaría a resolver la restricción externa en el largo plazo.
¿Por qué tanta retórica librecambista? Tal vez los motivos deban buscarse más en los aspectos geopolíticos que en los beneficios económicos
Tampoco pueden esperarse grandes beneficios en el intercambio comercial entre Argentina y la AP. En 2014 la AP compró a la Argentina sólo el 1,5 por ciento de sus importaciones, mientras que sus exportaciones a dicho destino fueron 0,6 de las exportaciones totales. Para Argentina, el peso de la AP es relativamente mayor, pues Argentina le vende el 8,7 por ciento de sus exportaciones y le compra el 4,4 por ciento de sus importaciones totales. Este intercambio es esencialmente de productos primarios y de manufacturas de recursos naturales, y en menor medida productos de complejo automotriz. La industria automotriz tal vez sea el único caso significativo de intercambio bilateral entre México y Argentina, aunque poco relevante dado su peso relativo; de hecho para incentivarlo sería suficiente un acuerdo específico sectorial y no todo un TLC.

En conclusión, la integración con la AP parecería tener un doble objetivo: primero, el simbolismo que este acercamiento implica respecto al cambio de rumbo tanto de política local como externa y, segundo, el intento de incentivo a la inversión extranjera por un canal indirecto (dado que quienes podrían aportar los flujos de capital serían los países del acuerdo transpacífico, esencialmente Estados Unidos y Japón, y no la AP), que sirva para mejorar la disponibilidad de dólares. Con todo, en el contexto de recesión nacional, con las exportaciones estancadas y altas tasas de interés, difícilmente dicho ingreso de divisas trasformará la estructura productiva en el camino de solución de largo plazo de la restricción externa.